Locura navideña

El otro día me encontré con un amigo que trabaja en una empresa de distribución alimentaria y me comentó que el final de año va a ser muy ‘movido’. Que con esta última extraña Navidad que vivimos en la que había que cenar con mascarilla, ventana abierta y manteniendo distancia, incluso con nosotros mismos, esta se presenta como la ‘venganza’… en el buen sentido. Y es que todo el mundo tiene muchas ganas de vivir una Navidad como las de antes: con la familia, y comiendo mucho y bebiendo más.

“Hay que estar preparados”, me dice. La empresa para la que trabaja ya lo nota. Ellos son especialistas en carnicos congelados para hosteleria y se ve que los restaurantes y los negocios ya van haciendo acopio para que la que está al caer. Como sabemos, ya desde hace años, los comercios y las marcas empiezan a vender la Navidad con dos meses de antelación, como mínimo. Pero es que este año los turrones llegaron al súper en octubre, casi mientras los clientes iban en bañador y con chanclas. Supongo que ese sería su sueño, que solo hubiera dos épocas en el año: verano y Navidad, sin transiciones. Y consumiendo permanentemente. 

El caso es que este año también se añade el temor a la falta de stock y a los problemas de suministro, además del apagón. Parece que le hemos cogido el gusto a vivir instalados en la inquietud y la incertidumbre. Los medios de comunicación también tienen derecho a vivir, ¿no? Y si el virus está supuestamente controlado, tendremos que descontrolar otra cosa para tener algo que temer y tener tema de conversación en la carnicería.

Y ahí es a donde me envía mi amigo, que como distribuidor de productos cárnicos congelados para hostelería me dice que no me lo tome con tanta calma para llenar la cesta de la compra de cara a la Navidad, que como me descuide me quedo sin cordero ni langostinos. Y nadie quiere vivir otra Navidad frugal como la pasada. Hay que gastarlo todo antes de que la inflación lleve al kilo de solomillo a valer tanto como un móvil de última generación.